Cada verano, Venecia se ahoga bajo el peso de millones de visitantes. Las calles rebosantes de maletas con ruedas, los canales saturados de góndolas turísticas y los vecinos que huyen hacia tierra firme. No es una postal romántica: es la crónica de una ciudad que muere de éxito.
El fenómeno tiene nombre: turismo de masas. Y aunque no es nuevo —Barcelona ya padecía sus consecuencias en los años noventa— la pandemia lo agudizó de manera imprevisible. Tras el confinamiento, el deseo de viajar acumulado durante dos años estalló en forma de avalancha.
Las consecuencias son tangibles: el precio del alquiler se dispara, los comercios locales ceden el paso a tiendas de souvenirs, y la identidad cultural de los barrios históricos se erosiona poco a poco. En Dubrovnik, los residentes colgaron pancartas con el mensaje: «No somos un parque temático.»
Pero señalar al turista como único culpable sería simplista. Detrás de cada mochilero fotografiando el mismo encuadre hay industrias enteras —aerolíneas de bajo coste, plataformas de alojamiento, agencias de viajes online— que se lucran con el auge del turismo sin asumir sus costes sociales.
Algunos municipios han empezado a poner coto a la afluencia: Ámsterdam prohibió la apertura de nuevos hoteles en el centro, mientras que las islas Galápagos limitaron el número de visitantes anuales. Sin embargo, los expertos advierten de que las medidas aisladas no bastan: se necesita una política global que redistribuya el flujo turístico hacia destinos menos saturados.
La pregunta sigue siendo incómoda: ¿podemos permitirnos seguir viajando como lo hacemos? O acaso, ¿el turismo sostenible no es más que un oxímoron bien intencionado?